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miércoles, 13 de junio de 2007

La Esquinica bar de tapas


Este célebre establecimiento barcelonés comenzó su andadura en un lugar recóndito del Turó de la Peira, justamente en la esquina de las calles Cadí y Montsant, de ahí el nombre de La Esquinica. Hábilmente regentada por una familia de mañicos (turolenses, para más señas) se convirtió en el mejor bar de tapas de la ciudad, con el beneficio añadido de que estaba en una zona en la que ningún turista se acercaba ni por asomo.No es que tenga nada contra los turistas. Al contrario, ellos dan vida a la ciudad en verano, cuando las calles de algunos barrios están semidesiertas. El problema viene de la mano de los empresarios de la restauración.

Cuando un bareto empieza a ser frecuentado por turistas la calidad pega siempre un bajón. Y es que son clientes muy poco exigentes, que se conforman con cualquier cosa siempre que les parezca 'typical spanish'...


La Esquinica no es que no la conocieran los guiris, es que era ignorada por la gran mayoría de los barceloneses. El lugar en que se encontraba era tan poco transitado que como no fueras del barrio, difícil era que dieras con ella. A mí me llevó la primera vez un amigo que vivía por ahí y me convertí rápidamente en un habitual.

Era muy agradable sentarse en la terracita, con vistas a un parque, y tomarse unas tapas buenísimas y una cervecita con limón. Que no fuera conocida por los barceloneses no quiere decir que le faltaran clientes, precisamente. Por las noches o a la hora del vermut la gente acudía a esta modesta esquinica como hormigas a un panal y muy frecuentemente tocaba aguardar tanda. Aún así, valía la pena. La simpatía del servicio y la calidad de las tapas bien lo valía.


Por desgracia, este local se hallaba en un barrio construido en los años sesenta, época en que un puñado de empresarios listillos se forraron construyendo edificios con materiales de pacotilla. Todas las viviendas circundantes estaban afectadas de aluminosis (podredumbre de las vigas) y tarde o temprano habían de ser desalojadas. En 1996 el Ayuntamiento decidió arrasar el barrio y reconstruirlo, con cargo al erario público, por supuesto. Los maños decidieron sentar sus reales en otro lugar más accesible y se llevaron la esquinica montaña abajo, al cercano Paseo de Fabra i Puig, un par de manzanas más arriba de la Plaza de Virrey Amat.


Bueno, la esquina no pudieron llevársela, por supuesto, pero sí las placas que marcaban la confluencia de las dos vías públicas en que se encontraba y que ahora contribuyen a embellecer el local. No hará falta decir que el establecimiento es ahora más moderno y espacioso, aunque la terraza es más escueta y ha perdido el encanto de antaño. La mayoría de cachivaches antíguos (planchas, llaves,...) que adornaban la entrañable esquinica de otrora siguen colgadas de las paredes, para alegría de los nostálgicos. Y, por descontado, el negocio no ha perdido ni un ápice de la vitalidad de toda la vida.


Hay que decir que el Maño y su troupe (hay varios que son catalanes, pero aquí la costumbre es llamar maño a todo el mundo), son un modelo de simpatía y eficacia. Atienden con una celeridad totalmente inusual y aunque parezca que están desbordados de trabajo, no pierden nunca el control de la situación. Entre el personal hay pocas caras nuevas.


A la mayoría de los camareros los conocí cuando eran poco más que unos críos, lo que quiere decir que se encuentran a gusto con este trabajo, que es buena señal.La oferta de tapas es impresionante. Sencillamente, tienen de todo y lo sirven con una prontitud pasmosa. Por cierto, aquí todo se pide con el diminutivo aragonés. O sea que hay que pedir bravicas, mejilloncicos o lo que sea para estar en el ambiente y no sepan que eres nuevo en el corral. Por desgracia, no todo son buenas noticias. Tras el traslado, los precios se han disparado al alza y ya no son el chollo de otros tiempos. También las colas han alcanzado otras proporciones. Aunque el establecimiento sigue en una zona alejada de los circuitos turísticos y es raro que algún turista se deje caer por allí, ya son muchos más los barceloneses que conocen la Esquinica y esto se nota en una mayor afluencia de público. Con su habitual desparpajo el Maño ha instalado una original Salita de Espera junto a la terraza, donde hay que aguardar religiosamente a que te encuentren asiento.


A veces hay que esperar una hora larga, por lo que es conveniente ir prontito (por la tarde las 8 es una buena hora). Cierran pronto (a las 12 si no recuerdo mal), por lo que tampoco conviene no llegar muy tarde.En Barcelona no abundan los buenos bares de tapas. En el centro la oferta parece haberse decantado más hacia el txiquiteo y los montaditos. Así que si uno busca unas tapas con garantías en nuestra ciudad, no hay más remedio que enfilar hacia Horta y buscar esa esquinica que, curiosamente, no queda en la confluencia de dos calles, sino en medio de una manzana.

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